Dónde empezó
Mi historia

Pasados los treinta, mi cuerpo empezó a mandarme señales fáciles de ignorar: cólicos fuertes, altibajos hormonales, problemas de piel que nunca había tenido. La doctora me dijo que era normal para mi edad. Le creí y seguí adelante.
Una cosa llevó a la otra. Comía mal. Dejé de dormir bien. El dolor de cabeza se volvió parte de todos los días. En mi peor momento vivía con dolor las 24 horas, los siete días de la semana: trabajando así, sin poder concentrarme, moviéndome despacio por mi propia vida.
Hice todo lo que me dijeron. Tomografías, estudios del cerebro, un especialista tras otro. Y la respuesta siempre era alguna versión de lo mismo: no encontramos nada. Un médico me preguntó por qué le hacía perder el tiempo. Otro me dijo que todo estaba en mi cabeza.
Mi punto de quiebre llegó cuando ya no podía salir de la casa. Yo viajaba mucho. Ahora trabajaba desde la casa, algo raro en esa época, con miedo de lo que pasaría la próxima vez que tuviera que subirme a un avión.


